Cuando nos demos cuenta de que nuestros mayores necesitan la ayuda de alguien para hacer frente a sus quehaceres diarios, deberemos afrontar el problema con grandes dosis de comprensión y cariño, pues es normal que las personas, y más cuando han alcanzado una cierta edad, se muestren reticentes a la entrada de un extraño en sus vidas cotidianas, porque pueden percibir que van a controlar e invadir su intimidad.

Para salir airosos en nuestro objetivo de lograr que acepten voluntariamente y de buen grado este apoyo, te ofrecemos algunos consejos:

– Si el punto de partida es el miedo a afrontar el problema, hagamos que el mayor participe  con naturalidad en su resolución, haciéndole ver con argumentos sólidos que es el momento adecuado y que es una ayuda que sin duda se merece.

– Escuchemos con atención y respeto sus opiniones y razonamientos y formulémosle una pregunta clave: ¿qué tiene de positivo una persona de apoyo? En este punto podemos sacar a colación los beneficios que la misma puede aportar: la mejora en su cuidado personal, la ayuda en casa, la preparación de comidas a su gusto o la compañía que necesita y echa en falta.

– Convencer no es sinónimo de imponer; las personas mayores que conservan en buen estado sus facultades mentales tienen todo el derecho a decidir por sí mismas, y como  no queremos que acepten esta importante decisión cuando haya pasado algo que nos obligue a adoptarla, pues en ningún caso es conveniente llegar a este punto, apostamos por la participación e implicación directa del propio interesado en todo el proceso, que si las cosas se hacen de forma correcta posiblemente finalice con su aprobación.

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